Cien años y más de desigualdad
ECONOMIA 4:06
Alo largo del siglo XX, la sociedad dominicana evolucionó desde una economía agropecuaria hasta una economía industrial y exportadora de servicios.
¿Cuál ha sido el impacto de esa metamorfosis sobre la distribución de la riqueza y del ingreso entre los dominicanos? ¿Es nuestra estructura social más o menos igualitaria que cien años atrás? El resto de este artículo analiza las tendencias distributivas en tres momentos de nuestro pasado reciente y discute los cambios necesarios para lograr un país más justo.
Azúcar y latifundiosLas tres primeras décadas del siglo pasado se caracterizaron por la expansión de la industria azucarera y el surgimiento de grandes latifundios cañeros.
Ese proceso fue impulsado por una serie de leyes que permitieron la compra (o, en muchos casos, apropiación) de grandes extensiones de tierra que hasta entonces habían sido terrenos comuneros.
La conversión de los antiguos productores independientes en mano de obra asalariada, junto a la importación de obreros haitianos y caribeños, permitió mantener los salarios al nivel de subsistencia.
De hecho, en un artículo de 1915, José Ramón López argumentó convincentemente que el salario de los ingenios estaba por debajo del gasto necesario para mantener una familia, y un estudio posterior de Franc Baez Evertsz encontró que el jornal diario en 1925 era menos de la mitad del salario en 1893.
En suma, el inicio de siglo pasado fue una etapa de creciente concentración de la riqueza y del ingreso.
Clase media, crecimiento y dictaduraEl régimen de Trujillo impulsó varios brotes de industrialización y expandió la bu- rocracia estatal. Por esa vía, hizo crecer los estratos medios y puede haber tendido un puente entre los descamisados y la elite económica.
Pero, a la vez, la dictadura prohijó una nueva ola de apropiación de terrenos rurales, lo que llevó a una nueva tendencia de concentración de la propiedad rural.
Esas tendencias contradictorias impiden determinar si la desigualdad del ingreso aumentó o disminuyó en los primeros 20 años de la Era del Terror.
Sin embargo, existen claras evidencias de una desigualdad creciente en los últimos años del régimen, cuando se apeló a la concentración de ingresos como mecanismo para la generación de ahorro e inversión.
La política fiscal de ese momento no ayudó mucho a la solución del problema, pues entre 1955 y 1960 el gasto en defensa sobrepasó al gasto social en más de 50%.
El vaivén de la democraciaTras la caída de la dictadura, el nivel de desigualdad empezó a fluctuar, a veces subiendo y a veces bajando. La primera mitad de los sesenta fue un período de mejora, cuando modestos aumentos salariales se combinaron con mayores inversiones públicas en áreas sociales.
Infelizmente, el intento de responder a las demandas ancestrales de la población acabó por alimentar las tensiones políticas que desembocaron en la guerra civil. Los primeros años de postguerra fueron una vuelta a la concentración.
A mediados de los años setenta, el 6 por ciento más rico de la población absorbía 43 por ciento de los ingresos, mientras el 50 por ciento más pobre recibía alrededor de 12 por ciento.
A partir de entonces, la medición de la desigualdad se facilita por la disponibilidad de índices concretos.
Tales índices muestran que la desigualdad de los ingresos se redujo levemente durante los setenta, aumentó bruscamente en la crisis económica de los años ochenta, todo indica que continuó creciendo en los noventa y se estabilizó (pero a un nivel alto) a partir de 2000. Por tanto, el crecimiento económico desde los años noventa no ha mejorado la distribución, pues sólo un bajo porcentaje de los hogares experimentó un aumento significativo de sus rentas reales.
UN CONSEJO DE ARISTÓTELES
La mayor fuente de desigualdad proviene de las brechas en los ingresos laborales, que, a su vez, reflejan las diferencias en los niveles educativos. La desigualdad tiene también un componente cultural: el salario promedio de las mujeres trabajadoras es 16% menor que el de los hombres de igual escolaridad. Y la concentración de la actividad económica y del gasto público en sólo algunas provincias es, a la vez, causa y consecuencia de la desigualdad. Esas condiciones sólo podrán ser removidas mediante políticas deliberadas. La garantía de accesos universal a un sistema educativo de calidad, la regulación efectiva del mercado laboral, la aplicación de una estrategia que contemple la cohesión territorial y una política fiscal que incentive eficiencia a la vez que promueva equidad son condiciones mínimas para lograr una sociedad más equitativa. La tarea es urgente, pues, como ya advirtió Aristóteles, “donde unos tienen en exceso y otros tienen nada, aparece una democracia radical, o una oligarquía pura o una tiranía”.
La mayor fuente de desigualdad proviene de las brechas en los ingresos laborales, que, a su vez, reflejan las diferencias en los niveles educativos. La desigualdad tiene también un componente cultural: el salario promedio de las mujeres trabajadoras es 16% menor que el de los hombres de igual escolaridad. Y la concentración de la actividad económica y del gasto público en sólo algunas provincias es, a la vez, causa y consecuencia de la desigualdad. Esas condiciones sólo podrán ser removidas mediante políticas deliberadas. La garantía de accesos universal a un sistema educativo de calidad, la regulación efectiva del mercado laboral, la aplicación de una estrategia que contemple la cohesión territorial y una política fiscal que incentive eficiencia a la vez que promueva equidad son condiciones mínimas para lograr una sociedad más equitativa. La tarea es urgente, pues, como ya advirtió Aristóteles, “donde unos tienen en exceso y otros tienen nada, aparece una democracia radical, o una oligarquía pura o una tiranía”.





